Soy Michela, nací en el sur de Italia y llevo 15 años en España. Actualmente estoy cursando el Máster de profesorado de secundaria en la Universidad de Alicante pero hasta llegar allí mi vida ha dado muchas vueltas. De hecho, soy perfectamente consciente del día exacto en el que mi vida profesional y personal tomaron el camino que me ha conducido a donde estoy actualmente.
Tenía 14 años y escuchando una canción del cantante italiano
Jovanotti oí por primera vez los nombres de Ghandi, Che Guevara, Malcom X,
Madre Teresa, Martin Luther King. Me puse a investigar y cuando descubrí las
biografías de aquellos personajes mi cerebro adolescente empezó a soñar.
Acababa de descubrir el rumbo que quería darle a mi vida.
En esa época ya estaba involucrada en los movimientos
estudiantiles que estaban teniendo lugar en toda Italia en contra de unas
reformas promovidas por el gobierno y formaba parte de algunas asociaciones en
defensa de los derechos humanos. Además tuve la suerte de tener un profesor de
historia y filosofía que, lejos de dar clases magistrales, solía generar
debates en el aula, fomentando la reflexión y la acción.
Todo ello me llevó a perfilar cual sería mi papel en el
mundo: combatir las injusticias y las desigualdades. Pues bien, tenía un sueño.
Faltaba transformarlo en proyecto.
Me licencié en Ciencias Internacionales y Diplomáticas
especialidad Cooperación al Desarrollo en la Universidad de Nápoles. El día
antes de defender la tesis de final de carrera compré un billete de avión para
el Reino Unido y allí me quedé a vivir durante dos años trabajando y cursando un
Máster en Políticas de la Unión Europea en la Sussex University.
El siguiente paso sería tocar con mano la realidad que hasta
entonces sólo conocía desde la distancia. Así que me embarqué en un proyecto de
cooperación al desarrollo con una ONGD española en República Dominicana. Allí
tuve la confirmación de que eso era a lo que me quería dedicar. Pero también
aprendí que no es suficiente intentar cambiar las cosas en los países en vía de
desarrollo si no se genera un cambio en los países que realmente tienen las
riendas del mundo.
Así que decidí mudarme a España, a Valencia, para trabajar
con la misma ONGD en tres áreas: por un lado, recaudando fondos para los
proyectos y viajando a menudo a Centroamérica y a Oriente Medio para
supervisarlos; por otro lado, organizando actividades de sensibilización para
concienciar a la población española sobre las causas de las desigualdades
Norte-Sur; y tercero, implementando proyectos de educación para la paz y el
desarrollo en centros educativos de la Comunidad Valenciana.
Allí fue mi primer contacto con el mundo de la educación. Y
allí es donde comprendí la importancia de EDUCAR PARA TRANSFORMAR el mundo. Fue
una experiencia muy bonita de la que aprendí muchísimo. Nuestro trabajo era
principalmente con los profesores, a los que proporcionábamos formación y
materiales para que ellos mismos pudieran introducir la educación en valores de
forma transversal en sus aulas. Tuve que lidiar con los mecanismos de
funcionamiento de los centros, las fortalezas, las debilidades y las
dificultades que los caracterizan. Pude darme cuenta de que no siempre la buena
voluntad y la motivación son suficientes. Otras veces lo son todo. O casi.
Unos años después mi vida volvió a dar un giro cuando nació
mi hija. Me decían que los niños y las niñas no vienen con un “manual de
instrucciones”. Pero a mi no me convencían así que lo busqué. Y lo encontré:
descubrí la neuropsicología infantil y a partir de allí se me abrió un mundo.
Empecé a informarme y a formarme, ampliando el campo a la etapa adolescente y a
la educación en todas sus formas.
Así pues me convencí de que sería bonito poder entrar en las
aulas como profesora y, más específicamente, como orientadora. La mayoría de
adolescentes, cómo es de esperar, están totalmente perdidos con respeto a su
futuro laboral. Quizás es porque buscan la inspiración en el sitio equivocado. Me
gustaría contribuir a que mis futuros alumnos de repente un día encuentren su
vocación, buscando tanto dentro de sí mismos como fuera, en el mundo que les
rodea, tal vez simplemente escuchando una canción de su cantante favorito. Me
gustaría estar allí ese día para verlo, para ver cómo se les ilumina la cara,
cómo su mente se pierde imaginando cosas, el momento exacto en el que su
cerebro empieza a soñar. Y después, guiarles para que ese sueño se transforme
en proyecto de vida.
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